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Esto es para que lo lean los zurdos indigenistas lapruebonados.

La Península Ibérica es un cruce de caminos. Un campo de batalla milenario. Esta tierra (mi tierra) ha sido pisada, invadida y colonizada sin tregua. Era el fin del mundo antiguo. Por aquí pasaron todos. Griegos. Fenicios. Cartagineses. Roma. También la invadieron suevos, vándalos y alanos. Llegaron los visigodos. Los bizantinos. Los vikingos. Los árabes. Los franceses. La lista es interminable. La historia de la Península está escrita con la sangre de conquistadores y conquistados.
Los romanos no trajeron la paz de inmediato. Llegaron a un territorio fragmentado. Encontraron centenares de pueblos ibéricos, celtas y celtíberos. Tribus que muchas veces estaban salvajemente enfrentadas entre sí. Su conquista fue brutal. Implacable. Roma no perdonaba. Numancia ardió hasta las cenizas antes de rendirse. Viriato fue traicionado y asesinado. Costó dos siglos de guerras crueles someter este territorio a las águilas romanas. Esclavizaron a miles de personas. Explotaron las minas hasta agotar la tierra. Pero impusieron su lengua. Su ley. Sus calzadas. Establecieron un orden.
Después, el imperio cayó. Roma se desmoronó. Y llegaron las tribus germánicas. Los visigodos cruzaron los Pirineos en el año 415. No entraron como reyes. Entraron como foederati. Como aliados a sueldo de Roma. Su misión era hacer el trabajo sucio. Combatir y exterminar a suevos, vándalos y alanos. Y se quedaron. Fueron trescientos años de dominio. Trescientos años de época germánico-visigoda. Forjaron un reino. Unificaron el territorio bajo una sola corona.
Luego vino el año 711. El gran colapso. Los musulmanes cruzaron el estrecho de Gibraltar. Árabes y, sobre todo, bereberes del norte de África. No llegaron repartiendo abrazos ni buscando el diálogo. Conquistaron a sangre y fuego. Trajeron la espada. El hambre. El cautiverio para quienes no se sometían. Llegaron a un reino cuyos habitantes ya compartían en su mayoría una identidad. Tenían una religión común. Eran el fruto maduro de la mezcla goda e hispanorromana. El golpe fue devastador. La península quedó sometida. Fueron necesarios casi ochocientos años para recuperar el control. Ocho siglos de Reconquista. De guerra constante. De razzias, de saqueos, de tributos humillantes. Poco a poco, los reinos cristianos fueron conformando la España moderna. Reyes Católicos, Austrias, Borbones…
Un salto en el tiempo. Año 1808. Llegaron los franceses. Las tropas de Napoleón cruzaron la frontera bajo engaño. Dijeron venir como aliados. Fue una mentira infame. Invadieron el país. Fusilaron a ciudadanos en las calles de Madrid. Saquearon ciudades sin piedad. Expoliaron el patrimonio histórico de forma sistemática. Robaron obras de arte. Volaron castillos. Quemaron archivos. Destrozaron siglos de historia. La Guerra de la Independencia fue una carnicería. Una matanza absoluta. España se recompuso.
Pero hay que mirar a la España de hoy. Hoy ningún español anda por la vida pidiéndole explicaciones a los italianos por lo que hicieran las legiones romanas. España no llora ante Roma. Nadie exige reparaciones a los magrebíes por las campañas de Almanzor. Nadie pide perdón a los árabes. Tampoco se va a París a exigir a los franceses que se humillen por Napoleón. El pasado es el que es. Llorar por lo que ocurrió hace siglos es inútil. Es francamente ridículo.
Por eso, ya es hora de hablar claro. Que los ciudadanos hispanoamericanos se dejen de lloros lastimeros. Basta ya de victimismo. Basta de exigir absurdas compensaciones por hechos de hace quinientos años. Sus problemas de hoy no se deben a los españoles actuales. La pobreza, la corrupción o la violencia que sufren en el presente no son culpa de Pizarro o de Cortés. Son culpa de las pésimas gestiones de algunos de sus gobiernos durante más de doscientos años de independencia. Deben dejar de buscar chivos expiatorios. Deben asumir su responsabilidad. Madurar como repúblicas.
El solar hispano estuvo dominado por musulmanes durante casi ochocientos años. Por los romanos unos seiscientos años. Y jamás nadie exige disculpas. El mundo hace siglos era así. El pez grande se comía al chico. La conquista era la ley. Pero de todo aquello no solo quedó dolor. Aquellos imperios dejaron sus conocimientos. Dejaron filosofía, derecho, acueductos y matemáticas. Hubo mestizaje. Ese es el legado.
No hay nada por lo que pedir perdón. Absolutamente nada. Cualquier persona con sentido común pide perdón por los delitos o pecados que ha cometido personalmente. Por sus propias acciones. No por lo que hicieran otras personas hace cinco siglos. Eran otros. Actuaron en otro tiempo. Personas que, huelga decirlo, no solo se dedicaron a cometer atrocidades. Las guerras eran salvajes, sí. Pero también hicieron cosas asombrosas. Detuvieron los sacrificios humanos diarios. Fundaron cientos de ciudades. Construyeron universidades, hospitales, imprentas y catedrales. Llevaron un idioma común y una fe universal. Crearon el mayor imperio mestizo de la historia.
¿Perdón de qué? Sería ridículo decirle a Giorgia Meloni que pida perdón a España. Sería un chiste exigirle al rey de Arabia Saudita que se disculpe por la invasión omeya. Sería absurdo rogarle a Emmanuel Macron que pague indemnizaciones por lo que hicieran las tropas napoleónicas. Cada nación es el resultado de la historia. De sus luces y de sus sombras. Igual que México. Igual que Argentina o Perú. El pasado debe asumirse para poder construir el futuro. Hay que dejar de llorar.
Por Javier Rubio Donzé
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