Mientras tanto en España.
Hay en España toda una red de organizaciones que se presentan como “solidarias con Cuba”. Organizan charlas, conciertos, coloquios, proyecciones. Hablan de soberanía, de bloqueo, de resistencia. Se envuelven en banderas, citan a Martí y se declaran amigos del pueblo cubano.
Pero cuando el pueblo cubano real aparece —cuando llegan los cubanos de carne y hueso, los que tuvieron que irse de la Isla— entonces empieza el problema.
Porque esa solidaridad, en realidad, no es con Cuba. Es con el poder.
Por eso en estos eventos a los cubanos los miran con desconfianza, los señalan, les niegan la entrada o directamente los expulsan. Los que hablan en nombre de Cuba terminan discriminando a los cubanos. Los que dicen defender al pueblo terminan actuando como porteros ideológicos del régimen.
En Madrid ya es casi una escena repetida: militantes de organizaciones “amistosas” con la Revolución decidiendo quién puede entrar y quién no a un acto sobre Cuba. No importa que el evento sea público, ni que trate sobre la realidad de la Isla. Si sospechan que eres un cubano incómodo, un cubano que no aplaude, un cubano que piensa por sí mismo, entonces aparece el verdadero “derecho de admisión” y la “propiedad privada”.
En nombre de la solidaridad se reproduce, a miles de kilómetros, la misma lógica de exclusión política que impera en la dictadura.
Quien terminó agarrando por el cuello al cubano que gritó “Libertad para los presos políticos” en el concierto de Buen